Evangelio del día 07 de noviembre

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Lectura del santo evangelio según san Lucas 14,25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, sí quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.” ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Palabra del Señor

Reflexión

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Hoy es un día hermoso en la Orden de Predicadores. Hoy celebramos y recordamos a todos los Santos de la Orden; a todos, no solamente a los canonizados oficialmente.

Hoy recordamos a aquellos hermanos nuestros que hicieron de su vida una ofrenda total a Dios, que supieron hacer de la propia donación un acto importante y absoluto de entrega al servicio del Evangelio. Hombres y mujeres que supieron renunciar a todos sus bienes para poder servir sin trabas a Jesús, sin reservarse nada para sí, entregando hasta la vida, si fue necesario, en defensa del pobre.

Leemos en el Evangelio de hoy que acompañaba a Jesús mucha gente. Sigue habiendo mucha gente hoy acompañando a Jesús. Vamos con Él esperando beneficios. Igual a como hicieron los Apóstoles hasta después de la experiencia pascual, queremos subir los escalones necesarios para quedar por encima de los demás, para que nuestra voz sea escuchada en silencio, reverentemente, porque no hemos sabido renunciar a nuestras propiedades para poder servir a Dios en el prójimo desde la pobreza. Como los Zebedeos queremos un puesto importante en el reino, queremos estar sentados a la derecha o a la izquierda del trono de Dios. Pero cuando la multitud se entera de que hay que sufrir, de que no todo son beneficios humanos, abandonan el seguimiento y solo quedan con Jesús doce, y uno de ellos le va a vender.

¿Y nosotros que hacemos? Puede que hayamos renunciado a todas nuestras posesiones, que hayamos dejado de lado nuestras seguridades económicas, pero nos falta despojarnos de nuestro deseo de poseer a Cristo. Nos falta renunciar a nuestro propio yo para empezar a ser reflejo de Jesús. Hay en nuestro interior una pequeña celda oscura, sin ventanas, donde nos queda guardada una parte de nuestro tesoro, y mientras no sepamos vaciar y ventilar esta celda, nuestro seguimiento al Maestro será incompleto y seguramente inútil.

Esto lo vieron todos los Santos que en la historia han sido, son y serán. Fue llegar a ese nivel de perfección lo que les regaló la santidad de que gozan en el Reino de Dios.

Miremos a nuestros santos y santas no para pedirles recomendaciones, enchufes, ante Dios, sino para que podamos llegar a entender cómo fue su entrega, cómo fue su laborar por el Evangelio y, sirviéndonos de su ejemplo, alcanzar el gran premio de poder servir a la construcción del Reino de Dios en la tierra, porque, como hemos cantado en el Salmo, esperamos gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.

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