Evangelio del día 13 de diciembre

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Lectura del santo evangelio según san Mateo 11,11-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche.»

Dios crea en la aridez de la vida

En este tiempo de Adviento, las lecturas de hoy nos piden reflexionar sobre la aridez de la vida. Cuando la vida se convierte en un desierto, es decir, en ausencia de vida, cuando la vida es árida, lo asemejamos a la dureza del camino, todo se realiza con más esfuerzo; se tiene sed, pero la cuestión es ¿por qué?

Por lo general, atribuimos nuestra sed a necesidades primarias, al hambre, a la insatisfacción, a la falta de expectativas, a la ausencia de motivación. Los cristianos y creyentes lo atribuimos a vivir en ausencia de Dios.

En la primera lectura, del libro de Isaías, nos habla que Él será nuestro redentor, y tú te alegrarás con el Santo de Israel. Dios es el motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza. Cuando la vida se transforma con la creación de Dios, todo cambia; la aridez se convierte en un erial que está siendo labrado por la presencia del Señor. Cambia porque la vida comienza con Dios, y en el desierto se crea la vida. Todo es, dice el profeta Isaías: “Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado”.

La vida que merece la pena vivirse, nace de los eriales de nuestra existencia, cansada de las nimiedades de la vida, cansada de la autodestrucción propiciada por el hombre, cansada del egoísmo y la injusticia tan arraigada en el caminar de nuestra existencia: Muertes, desnudez, hambre, guerras… Mientras caminamos en el desierto surge la pregunta ¡Qué hace Dios! ¡Por qué lo permite! Pero, ¿será ésta la pregunta correcta?

A mi modo de ver, las riquezas no las reparte Dios. Dios no hace listas de los que acumulan más riquezas en este mundo. Dios propone una vía de salida al egoísmo, el compartir, el donarse, el sacrificarse, el crear vida con los dones que Dios te ha regalado. Dios por encima de todo te libera de tus esclavitudes, pero a la forma de Dios, no a la forma humana.

Hablando de Juan el Bautista, en el evangelio de hoy, Jesús lo presenta como el más pequeño del reino de los cielos, lo presenta como profeta al que no queremos escuchar. Y ante las cosas de Dios mostramos violencia: hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo”. ¿Por qué no dirigimos la pregunta hacia nosotros? ¿Por qué no preguntarnos el para qué? ¿Para qué queremos aniquilar a Dios de nuestras vidas? ¿Para qué mostrar violencia antes las cosas que Dios nos presenta? ¿Para qué arrebatarles a los niños la presencia de Dios?

Todo lo encaminamos a que Dios no esté presente en nuestras vidas, la sociedad es hostil no sólo a Dios también es hostil hacia lo humano, hacia sí misma. ¿Realmente cuando buscamos el derecho y la justicia legislando un sinfín de normas estamos buscando en nuestro interior la alegría verdadera, la que produce y protege la felicidad de las gentes?

¿Si Dios es nuestra alegría, para qué luchar contra él?

Pidamos al Dios que viene, al Dios de la alegría, al que crea vida en el desierto, que nos proteja de la sinrazón, y nos muestre su luz para contemplar la vida que él nos propone.

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