Evangelio del día 20 de febrero

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 8,22-26

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida. Le trajeron un ciego, pidiéndole que lo tocase.
Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en lo ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?»
Empezó a distinguir y dijo: «Veo hombres; me parecen árboles, pero andan.»
Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.
Jesús lo mandó a casa, diciéndole: «No entres siquiera en la aldea.»

Y le trajeron a un ciego pidiéndole a Jesús que le tocase

Me invita este comienzo del relato a pensar en la importancia de “le trajeron” o le llevaron a Jesús, de ese alguien que acercó al ciego a Jesús. El encuentro con el otro que necesita ayuda, que necesita de mí, la importancia “del otro” que es capaz de descubrir la necesidad y de acompañar hasta donde está la fuente de su curación.

Y una primera reflexión para compartir: ¿me siento identificado con el que le lleva a Jesús, mi encuentro con las personas me lleva a descubrir necesidades, ayudar, acompañar…?

Y siguiendo el texto “le sacó de la aldea, le llevó de la mano…” ¿por qué le sacó de la aldea y cómo lo hizo?

Me sitúo ante Jesús como el ciego que no articula palabra pero que deja a Jesús que descubra su ceguera, le saque de su espacio cómodo, de la zona de confort, de sus seguridades, de sus razonamientos lógicos, razonables.

Dejarse conducir por El hasta una zona tranquila, luminosa, dejarse tocar por Jesus, acompañar por El, conducir por El sin prisa, sin querer ver todo claro desde el principio, asumiendo un proceso de curación, de clarificación, pero confiando siempre en la mano amiga que le condujo hasta allí y en la seguridad que El quiere siempre curar nuestras cegueras.

Es el milagro que Jesús ha de realizar en la comunidad de los cristianos para hacerla capaz de reconocer su presencia en los signos eucarísticos, en sus palabras y en la entrega de su vida en la cruz.