Evangelio del día 4 de febrero

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.
Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.»
Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.»
Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?»
Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos.»
Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: «Déjanos ir y meternos en los cerdos.»
Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país. Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.»
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo

Este imperativo de Jesús sorprende un poco en un evangelio como el de Marcos, que evita la revelación prematura de que Jesús es el Mesías; porque fácilmente se puede dar a entender que su mesianismo consiste sobre todo en lo extraordinario.

Sin embargo, lo que Jesús quiere que se sepa es que el Señor siempre está a favor del que sufre, independientemente de lo espectacular que pueda parecer su modo de actuar. En esta escena llamativa hay varias cosas que expresan lo que verdaderamente interesa a Jesús: ir también a predicar la bondad de Dios a lugares hostiles y aparentemente impuros, mostrar una vez más su dominio sobre el poder del mal, reintegrar a las personas en la convivencia social de la que habían sido excluidas por su situación peculiar, dar testimonio de la desconcertante -pero patente- misericordia de Dios.

Todo eso es lo que hay que dejar bien claro también en nuestro mundo, por encima de actitudes violentas, de pretensiones malévolas, de exclusiones injustas o de cegueras pesimistas. La misericordia del Señor es una realidad que se ofrece a todos, en toda circunstancia, incluyendo y rebasando la justicia, pacificando las conciencias.

¿Seremos capaces de reconocer y agradecer la misericordia que Dios ha tenido con nosotros? ¿Y seremos tan audaces y convincentes que logremos darla a conocer por todas partes en este mundo en que vivimos?