Evangelio del día 4 de marzo

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,17-27

En aquel tiempo, cuando salta Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.» A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!» Los discípulos se extrañaron de estas palabras.
Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por todo el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»

Seguir los pasos de Jesús

El Nuevo Testamento no se contenta con exhortar a obrar bien. Eso es magnífico, sobre todo cuando es lo que predomina en una vida honrada y religiosa (el joven del Evangelio cumplía con todos los mandamientos, ya desde pequeño). Seguramente muchos de nosotros no hemos sido nunca tan fieles.

Pero alguien que aspira a ser discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a ir más lejos. Uno de los requisitos más eficaces para ese seguimiento es desprenderse de los bienes materiales que se poseen o, por lo menos, no estar apegado a ellos, no poner en ellos nuestro corazón, algo difícil cuando tenemos muchas cosas. Y no sólo eso, sino estar dispuestos a compartir nuestros bienes con los pobres, sabiendo que, en el fondo, no nos pertenecen en exclusiva, y menos aún cuando cerca de nosotros hay alguien que carece de lo fundamental y nuestra abundancia puede ser un verdadero escándalo.

Ese desprendimiento y esa generosidad culminan cuando nos decidimos a ir tras los pasos de Jesús. En realidad, si nos desprendemos generosamente de lo que tenemos es para poder seguirle más ágilmente, sin tanto bagaje superfluo. Se trata de imitar su estilo, lo que fue su vida, sencilla, austera, de entrega a los demás, nacida de su intimidad con Dios y de su amor a todos.

Recapacitemos en este mensaje y preguntémonos sinceramente: ¿De qué debemos desprendernos ya, si queremos avanzar en el seguimiento de Jesús? ¿Cómo podemos empezar a compartir con los demás algo que hemos mantenido celosamente para nosotros solos y que sin embargo tiene un destino social?

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